
("La Caricia" de Giovanni Marrozzini)
Ojalá que el simple viento nos ayudara a crecer...
Ojalá que ese remolino de azar y desconcierto, nos plantase en el alma la semilla de una persona nueva... De un fulano que nunca perdió trenes, que no contrajo deudas impagables, que tuvo derecho a soñar, que no coleccionó sus cicatrices a lo largo del pecho. Que pudo sonreír con el alma extendida. Sin dolor.
Ojalá que el viento nos sirviera para hacernos ligeros (como pétalos de una rama cualquiera), para hacernos volar sobre las sombras feroces de los invernaderos. Que nos posase, quizás, en el alfeizar de distantes ventanas imposibles, desde donde mirar el ojo del tiempo, en la distancia.
Ojalá que el viento nos lamiese la cara con su lengua de luz y nos dejase escondidos en la niebla, como a simples cachorros de cualquier animal inocente y feliz.
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