
Me diste un sol caliente
que guardo en una caja
junto a las caracolas y las flores.
Y un mar largo y nocturno
como un ojo
que se mira hacia adentro.
Recuerdo que aquel día
nos quedamos dormidos
sobre la oscuridad,
y era tan dulce tener allí tu cuerpo.
La lluvia estaba siempre
construyendo su risa
en las ventanas,
y dejaba enredado ese silencio
en el silencio nuestro.
Entonces… me dijiste
que a veces, una mano
roza la soledad de las estrellas,
y las deja sin luz.