Wednesday, May 31, 2006

Acariciando Rocas


Puedo romperme en ti, sembrar
este dolor de fuego por tu sangre.
Puedo…
Clavarme tu silencio entre las uñas,
tejer con él un muro sin final.
Puedo escuchar la muerte silenciosa
de todos los objetos, que contemplan mi vida.
Y presentir , también, sus carcajadas
desnudando mi carne.

Pero dónde esconder todas las flores
que salen de mis manos hacia ti.
Con qué bozal amordazar las primaveras
que revientan de pronto por mis labios.

Me lanzo hacia tu ausencia,
me derrumbo en el aire, siento
como se rompe todo en el alma herida
de mis huesos. Algo…
me deja asida a la nada.
Y sigo ciega, felizmente, sigo
buscándote en la cima de lo absurdo,
en el aire imposible,
en la dulce falsedad de la distancia.

Tuesday, May 23, 2006

El Vendaval

Sopla la voz del agua, en un hueco de tierra.
Sólo allí…
Y el silencio… se queda recostado en mi alma
y a mi alma le duele su voz hueca.

Ya irá el viento dibujando caracolas en la luz,
en el color de esta tarde de gorriones,
en la tierra impaciente de febrero. Y tú…
arrojando madreselvas a los gritos del mar,
tú... con las manos cerradas dentro de los bolsillos.


Tú… recontando piedras, en la orilla del cielo.

En un segundo


A veces el tiempo se estrella contra la quietud de los colores, contra el plácido silencio de la luz… Entonces se deshabitan las cuadrículas (ligero desorden en todos los andenes de las viejas rutinas).

Sunday, May 21, 2006


ENSAYO DEL REGRESO

Me devorará la luz…
el día… que lo destruye todo
entre sus sigilosas sombras blancas
hundirá una vez más todo mi cuerpo
en la pálida rutina de la inercia.

Tan sólo es necesario…
ultrametódicamente
saber cerrar los ojos,
como puños crispados…
Y llenar de miseria los oídos,
y cercenar los pies.

Tan sólo es necesario…
abandonar en las raíces del desierto
todas las flores que crecen en los dedos,
las ortigas clavadas
en la palma adormecida de las manos.

Wednesday, May 17, 2006

El mar sale de ti

El mar sale de ti…. tan sólo has de saber atravesar el muro, cruzar el puente… llegar por esa puerta al otro lado…¿lo ves?... la luz nunca se fue.
Has sido tú la caracola con que todas las olas escuchaban su eco.
El cielo te ha buscado para entender en ti su azul.
Y el silencio de esta calle nada importa, porque el sol logró filtrarse entre la piedra y tú.

Tuesday, May 16, 2006

Hoy duermo


Ha de ser este silencio de mundo, que me anida dentro, el que hoy me da la vida...
Ha de ser este agua en los ojos, la que me empapa el alma, la que seca mis dudas.
Ahora que el tiempo se enlaza entre mis dedos con sus gritos fecudos, ahora... envidio toda esa soledad de las estrellas.

Wednesday, April 19, 2006

¡Vivir... vivir!


Jacobo González de Miguel, 82 años, creía haber alcanzado por primera vez ese momento culminante de la vida en que por fin ésta termina. Aquel hombre no se hallaba en un lecho de dolor humedecido por la fiebre, ni con sus últimas canas adheridas al sudor de la nuca. Ni le abrumaba una de esas crisis respiratorias en que siempre soñó (en las peores pesadillas) que se marcharía la última molécula de su aliento. No ocurría nada de eso, no. Tan solo le embargó una placidez rosada y lenta que vestía de blanco, repentinamente, la imagen de todas las cosas que exploraba con sus alucinados ojos.

-¿Disfrutaste, amor mío? ¿Qué tal una bebida fría…mientras descansas?-… Era la voz de Rosaura (tendida junto a él) que seguía acariciándole los oídos con su aliento de seda. El cuerpo de ella se aferraba aún al suyo tras el camisón de flores escarchadas emanando un dulce olor a ciruelas verdes y a placer cumplido. Pero Jacobo ya no podía verla… el mundo se había cristalizado en aquella última erección mortal… Él frente a ella, incapaz de disociar, en medio de esa enmarañada mujer salvaje, los gestos de locura de aquellos más afines a la melancolía.

La ternura de ella, sin apenas proponérselo… siempre le había excitado… y excitado… de un modo irreprimible… Ya no tenía sentido aparentar. Se dejo llevar por primera vez, sin miedo, de la mirada de ella. De sus rojizas ansias.

En cuántas ocasiones había fantaseado junto a su amigo Aparicio sobre la idoneidad del momento de la muerte, dejando escapar burlones comentarios llenos de malicia: “en los brazos de ésa… en los pechos de aquella…” y ahí estaba ahora. Pensando que su tiempo se acababa. Que su vida eran aquellas gotas blanquecinas que ardían hacia ella, a la vez que brotaban tan placenteramente de su gastado cuerpo.

- No lo vas a creer, mi querida Rosaura… pero… por un momento, pensé morir de tanto placer, amor mío.

- ¡Adulador!


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(La fotografía, por supuesto, no la he hecho yo... si no un gran amigo al que saludo desde aquí)